sábado, 29 de diciembre de 2012

Rodolfo Martín Villa, un fascista y torturador franquista, es el nuevo consejero del «Banco Malo»

19/12/2012


En el centro de la foto, con gafas es el nuevo consejero del «Banco Malo» (SAREB), Rodolfo Martín Villa, Consejero Nacional del Movimiento por el tercio sindical de las Cortes, Secretario General del «sindicato» único, Gobernador Civil de Barcelona durante la dictadura de Franco, posteriormente Ministro de Relaciones Sindicales y Ministro del Interior durante el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha y el asesinato por la policía de María Luz Nájera, en una manifestación en Madrid, la matanza de Vitoria del 3 de Marzo, entre otras muchas cosas. Más de un centenar de muertes a manos de la extrema derecha y las fuerzas de represión bajo su mandato.

La noticia

El Ministro de Economía, Luis De Guindos, ha rescatado a dos viejas glorias del sector público para el consejo de SAREB (la Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria, el banco malo). Se trata de Rodolfo Martín Villa y José Ramón Álvarez-Rendueles, que ocuparán sillón de ‘independientes’ en el directorio de 13 consejeros que ha configurado la presidenta Belén Romana y que pilotará la resolución de los activos tóxicos de la banca con ayudas públicas.

Tanto Martín Villa como Álvarez-Rendueles, que superan los 70 años, llegan a la SAREB tras haber ocupado cargos públicos en la últimas décadas. El primero empezó como ministro en los gobiernos de Carlos Arias Navarro, Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo. Tras pasar por la ejecutiva del PP, presidió Endesa y capitaneó su privatización para, posteriormente, recalar en Sogecable. Por su parte, Álvarez-Rendueles fue gobernador del Banco del España, técnico de Hacienda y secretario de Estado a principios de los ochenta antes decantarse por la empresa privada.


Según ha comunicado, la SAREB pretende una organización ágil y «dotada sólo con el personal estrictamente necesario para optimizar los recursos disponibles». Además, de Martín Villa y Álvarez-Rendueles, el «banco malo» quedará formado por Ana María Sánchez Trujillo; Emiliano López Achurra; Javier Trillo Garrigues; Celestino Pardo; Luis Sánchez-Merlo; Remigio Iglesias; Antonio Massanell; Francisco Sancha; Miquel Montes; Antonio Trueba y José Ramón Montserrat. A estos hay que sumar Walter de Luna como consejero director general.

El secretario no consejero será Oscar García Maceiras y se han constituido los Comités de Retribuciones y Nombramientos y de Auditoría, que estarán presididos por Javier Trillo Garrigues y José Ramón Álvarez-Rendueles, respectivamente.

Completado el 100% del capital

A parte de estas incorporaciones a la cúpula directiva, la Sareb ya está lista para funcionar. La entidad presidida por Romana comunicó anoche el se había completado el 100% del capital social inicial con la incorporación de diez nuevos bancos. El banco alemán Deutsche Bank y el británico Barclays Bank se han incorporado como inversores de la SAREB, junto a bancos nacionales encabezados por Banco Santander y Caixabank como principales accionistas y cuatro aseguradoras.

De este modo, se pondrá en marcha en esta primera fase con un 55% de accionistas privados y un 45% de capital público. Así, los principales accionistas de esta sociedad serán el Banco Santander, que se hará con el 16% tras invertir hasta 840 millones, y Caixabank, que tendrá un 11,7%, al participar con hasta 606 millones. Ambos, junto a Sabadell, Popular y Kutxabank, aportarán en conjunto 430 millones de euros de capital (a lo que hay que sumar la inversión en deuda subordinada) en una primera fase, en la que no participará BBVA.

Schopenhauer y el nacionalismo


    «Todo imbécil miserable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en esto último de vanagloriarse de la nación a la que pertenece por casualidad; en ello se ceba, y en su gratitud estúpida está dispuesto incluso a defender a cualquier precio todos los defectos y todas las tonterías propias de su nación.»

   «Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación.»



Arthur Schopenhauer

Españolista

 

No sirve. Uno intenta explicar que no encuentra ninguna relación entre hablar un idioma y sentirse identificado con un territorio o legitimar un Estado. Trata de argumentar que, con todas las salvedades posibles, considera sobre todo las diversas lenguas como herramientas y que trata de expresarse en aquella que mejor conoce para facilitar la comunicación. Les dices, por activa o por pasiva que —como quería Ferrer Guardia— ojalá ya se hubiera popularizado el esperanto y así evitar agravios comparativos con aquellos que cifran la grandeza de su patria en el número y constancia de los hablantes de su lengua. Pero es todo inútil: Españolista.

Es inútil tratar de exponer razonadamente que a pesar de sentir gran empatía por todo lo humano, te cuesta identificarte y sentirte hermanado con el tipo que sale por la tele y que, dicen, es uno de los responsables de la miseria y sufrimiento que padece la gente de tu alrededor. No importa que el lugar donde él vive tenga el mismo nombre que el tuyo. Suena manido y anticuado pero tu cariño y tu solidaridad están con el resto de los oprimidos y explotados, compañeros de penurias sin importar donde estén, de donde vengan o a donde vayan. No lo entenderán: Españolista.

No comprenden que creas tus propias tradiciones con aquellos a los que amas, y no necesitas que nadie te las venga a imponer desde lo alto. Como el tipo aquel de la canción de Brassens al que todo el mundo acaba persiguiendo, no quieres seguir al abanderado. Las rancias costumbres que pretenden ligar para siempre a un territorio y a sus gentes no van contigo. Argumentas que la cultura, sea lo que sea eso, la construimos entre todos y cambia mediante la convivencia. Estás condenado: Españolista.

Castigarán con su desprecio y repulsa tu falta de interés por tener un territorio que marcar. Consideran retrogrado y peligroso tu afán por derribar muros y eliminar fronteras. Infantil tu ingenuo deseo de que cualquiera pueda sentirse en cualquier lugar como en su casa. Confundidos, no sabrán entender tu propuesta internacionalista. Su inquina aumentará: Españolista.

No entenderán que no necesites sentirte identificado en ninguna nación, que la enorme complejidad y riqueza de tus pensamientos, relaciones y sentimientos no caben en un gentilicio. Pero insistirán irritados: Españolista.

Se enfadarán de verdad cuando digas compartir la tesis del Dr. Johnson sobre las patrias como último refugio de los canallas y declares tu lucha contra el Estado y toda estructura que pretenda uniformar y jerarquizar a las personas. Rabiosos y obcecados te dirigirán el mismo epíteto, como un mantra que los justificará: Españolista, españolista, españolista…

Y al final solamente quedará encogerse de hombros y explicarles, no sin cierta conmiseración: Españolistas sois vosotros, sólo que con otro nombre. 

Grupo Luna Negra de Barcelona

jueves, 27 de diciembre de 2012

Socializar el trabajo doméstico

"Las reivindicaciones sociales planteadas por las feministas en el orden del día revolucionario unen el movimiento femenino con la lucha y la suerte de los obreros y las obreras; estas reivindicaciones son: oficinas estatales de colocación, cooperativas productivas que vendan sus productos eliminando a los intermediarios usureros; construcción de lavaderos y sastrerías públicos, en los cuales las mujeres del pueblo puedan realizar las necesidades domésticas y reducir el gasto de energías físicas mediante un trabajo común organizado y funcional; comedores de fábrica; obligación de legal de crear escuelas maternales en todas las empresas industriales para que las madres que trabajan puedan dejar en ellas a sus hijos; organización de Casas del Pueblo con restaurantes, salas de reunión y recreo, bibliotecas, etc. "

Estas reivindicaciones de las socialistas y las feministas alemanas se plantean en 1848, como nos informa Clara Zetkin en varios de sus escritos aportados a los Congresos de la socialdemocracia alemana. En 1905 Alejandra Kollöntai reclama la socialización del trabajo doméstico, con proyectos concretos semejantes a los descritos. Recogían las ideas y experiencias de Saint-Simon y Fourier en sus falansterios y de Robert Owen en sus fábricas colectivizadas.

El ideal de una sociedad que aportara a sus individuos los cuidados y servicios que en razón de sus peculiaridades precisaran es tan viejo como describen los utopistas desde Tomás Moro. Regina de Lamo, la activista cooperativista, a principios del siglo XX trabaja por organizar en España la producción en colaboración y participación de todos los trabajadores. Las reivindicaciones inmediatas de las feministas en nuestro país se concretan en las conclusiones aprobadas en las Jornadas Catalanas de la Mujer en mayo de 1976, donde explícitamente se exige la socialización del trabajo doméstico, de la educación pública, de los servicios sociales.

Siguiendo la misma línea teórica y de exigencia empírica feminista, tanto en mis obras teóricas como en los programas electorales de las coaliciones que he liderado, repito una vez más la necesidad de liberar a las familias del trabajo doméstico, rutinario, repetitivo, sin compensaciones, y de una productividad tan minúscula como es el servicio diario a unas pocas personas, que se sigue realizando con los mismos protocolos que en las tribus de Jehová, por más lavadoras de que dispongamos. El socialismo no es solo expropiar los medios de producción de los propietarios privados para convertirlos en propiedad colectiva, es también acabar con la familia patriarcal inserta en el modo de producción capitalista, y`, en consecuencia, socializar los servicios personales que presta.

Ya sé que hoy no se estila seguir reclamando un régimen que no sea de libertad de mercado -léase de libertad de extorsionar, estafar y apropiarse de los bienes del mundo por parte de los capitalistas y sus gestores: multinacionales y banca. Pero a estas fechas de mi vida no estoy para cambiar a la moda, y véase además la facha sórdida y lúgubre que tiene esta moda en los días actuales.

Decía, pues, que el feminismo no puede abandonar sus más caras reivindicaciones y ese calificativo tiene dos significados, el de queridas y el de caras económicamente hablando, puesto que las inversiones que debería hacer un Estado para proporcionar a las familias los jardines de infancia, los geriátricos, las escuelas, las lavanderías y sastrerías, los comedores populares, los transportes adecuados y cubrir todas las necesidades de los seres humanos que vivan en compañía, tengan o no hijos, sean o no ancianos, solteros o en pareja, etc. son tan inmensas que ninguno se lo ha planteado nunca. Pero lo más penoso es constatar que las dirigentes de la mayoría de organizaciones de mujeres han olvidado las fundamentales reivindicaciones centenarias para asumir mansamente la inevitabilidad de la organización familiar milenaria.

Para la PIINA no se trata ya de colectivizar los servicios personales, que hoy prestan absolutamente mayoritariamente las mujeres dada la estructura económica de la sociedad, sino de intentar convencer a los hombres y a las empresas privadas para que los padres ayuden a las madres en el cuidado de los niños, con el fin de igualar las oportunidades de trabajo de las mujeres, que siguen, como siempre, siendo discriminadas. La organización PIINA plantea que se conceda el permiso laboral para el padre en el momento del nacimiento del hijo en igual proporción que el que tiene derecho a disfrutar la madre. El ahínco con que desde hace varios años reivindica esta petición ha logrado convencer a una buena parte de las asociaciones y partidos políticos de la bondad y de la necesidad de su exigencia, e incluso llevar su manifiesto hasta a la ONU.

La argumentación fundamental es que, según las dirigentes de la PIINA, las empresas tendrán la misma motivación para contratar mujeres que hombres dado que el inconveniente alegado por el empresario, para no desear emplear mujeres, de que estas abandonan el trabajo durante seis meses al dar a luz, no será discriminatorio con relación a los hombres.

Es tan minúscula y elemental esta reivindicación, que sorprende que haya tenido el éxito que observamos. O quizá precisamente por eso. Analicemos con detalle de qué manera ese supuesto avance lo que hace es retroceder en las reivindicaciones feministas, aparte de su inutilidad.

1º.- Lo fundamental es que da por supuesto que la familia nuclear, que mantiene tantos rasgos patriarcales, ha de seguir existiendo tal como se organiza ahora. La mujer, obligadamente, sigue gestando y pariendo y amamantando -los pediatras en tiempos de crisis han descubierto que lo ideal es que el niño lacte SEIS MESES seguidos sin ninguna otra nutrición-y el hombre acude a su trabajo como siempre -en tiempos de crisis bastante más oprimido y explotado que antes- para seguir manteniendo la empresa capitalista.

Ante esta resignada aceptación de una realidad detestable resulta lógico que las mujeres soliciten humildemente alguna ayuda, tanto para criar a los hijos como para seguir manteniendo su puesto de trabajo, que hoy, en cuanto el patrono sabe que están embarazadas lo pierden. Y, pues, ¿qué se les ocurre a las feministas, ante esta angustiada llamada de socorro de varios millones de madres, y también de mujeres sin hijos, que para el empresario son candidatas siempre a la maternidad?

Pedirle al Estado que obligue al capitalista que le conceda al padre el mismo permiso que a la madre: seis meses por paternidad. Ahora son 15 días y se espera inmediatamente que se extienda hasta un mes. Es decir, se privatiza -según está a la moda- la responsabilidad de proteger la maternidad y el trabajo de las mujeres. No es la sociedad entera la que debe garantizar estos derechos con la inversión en servicios e instituciones sociales, sino el empresario el que debe cargar con el peso económico de los permisos iguales.

2º.- Resulta de una infantil ingenuidad creer que se conseguirá esta reivindicación que gravaría enormemente los presupuestos empresariales. Ni la ordenanza de la ONU, si se aprobara -ya sabemos la eficacia de las recomendaciones de esa inoperante organización-, ni las leyes estatales, convencerían a los empresarios para conceder semejantes privilegios a los papás, ni éstos por supuesto se atreverían a hacerlos valer. Aquel que se atreviera a reclamar el cumplimiento de lo legal estaría en la calle con la carta de despido en menos de lo que tardaría en coger el abrigo. Y que no me digan que cabrían acciones legales, que de eso sé un rato.

3ª.- Aún en el caso de que algún empresario, caritativo, solidario, comprensivo y deseoso de apoyar la causa femenina -de esos que no hay- concediera los permisos parentales, a ninguno se le puede obnubilar tanto el cerebro como para aceptar la tesis de las activistas de la PIINA de que con ese trato de igualdad las mujeres no tienen más dificultades que los hombres en cumplir con sus tareas laborales asalariadas. Nadie en su sano juicio piensa que con seis meses se ha criado un hijo, y todo el mundo sabe que después de ese plazo quien irá a buscarlo y traerlo a la guardería, a la escuela, al pediatra, al dentista, al gimnasio, al hospital y a la excursión, será la madre, durante los quince años siguientes. De tal modo, que aun arriesgándose a que sus empleados y ejecutivos sean tan buenos padres que quieran dedicarse a cambiar pañales -dar biberones estará prohibido dentro de nada- durante seis meses -cuando no prefieran ir al bar con los amigos en ese periodo de ausencia laboral- voluntaria u obligatoriamente según se redacte la ley, los empresarios seguirán contratando varones para todas las tareas que no sean específicamente femeninas, seguros de que aquellos les fallarán menos que éstas cuando de ocuparse de los niños se trate.

4º.- Dejando aparte, y es mucho dejar, que es imposible controlar que los millones de afortunados padres que disfruten del permiso se dediquen durante ese tiempo a cuidar a su niño y a aligerar a la madre de sus responsabilidades, puesto que los argumentos de la PIINA se refieren a la competencia en el trabajo asalariado más que a la corresponsabilidad de las tareas domésticas entre padre y madre, es importante recordar la situación laboral de los hombres, sobre todo en el momento actual de explotación exacerbada de los empleados, con la excusa de la crisis. Ninguno de los empleados medios ni mucho menos los obreros, puede plantearse renunciar durante seis meses a los emolumentos complementarios que pueden cobrar en su actividad laboral y que perderán durante el periodo de vacancia.

Hoy ni a las empresas ni a los hombres les conviene semejante legislación, pero resulta enormemente sospechoso que la mayoría de los partidos políticos apoyen esta reivindicación que incluso va a llegar hasta la ONU. Si tal reclamación fuese realmente revolucionaria los partidos parlamentarios que tenemos en España no la apoyarían. La aceptación de los políticos de esta brillante idea de la PIINA indica claramente que la consideran un brindis al sol -que es lo que es- y que en todo caso no causa molestia al sistema capitalista que todos apoyan.

5º.- No puedo dejar de mencionar aquí que las mismas dirigentes de la PIINA se opusieron rotundamente a solicitar al Estado el salario al ama de casa, incluso de aquellas que por edad y preparación profesional están incapacitadas para entrar en el mercado laboral, con una rotundidad y agresividad que nos obligó a la candidatura electoral de la COFEM a eliminar esta reclamación de nuestro programa electoral si queríamos contar con su colaboración. Las mujeres no podían ser retribuidas por su trabajo doméstico a cargo de la sociedad, a pesar de la riqueza que producen y de los servicios imprescindibles que prestan. Ese trabajo debe ser gratuito porque de otra manera las mujeres no acudirán a venderse a ese mercado laboral que, como se ve, les da tantas oportunidades. Coherentemente en su rechazo a todo lo colectivo ahora reclaman a los empresarios ayudas que un sistema capitalista, per se -recuerdo que el único objetivo del capital es el beneficio- no puede dar.

Hemos retrocedido doscientos años en la historia de las reivindicaciones feministas y de sus ideales. La ideología burguesa con su defensa de la propiedad privada, del beneficio individual y de la familia nuclear, con sus ataques a todo lo colectivo que anatemiza, está ganando las batallas perdidas en el siglo de luchas obreras y feministas.

Si no somos conscientes de que socialismo y feminismo son indisolubles, que las mujeres no obtendrán del capitalismo esa igualdad que se reclama hoy en España como un inane brindis al sol -igualdad cuyos planteamientos no ha analizado el MF, porque no se da cuenta de que se entiende como imitar las maldades y contradicciones masculinas-, que la evolución del mantenimiento de la reproducción no puede ser afianzar la familia nuclear y encomendar a la empresa privada su sostenimiento, sino luchar por la socialización del trabajo doméstico del mismo modo que la producción de los bienes, el feminismo se convertirá en un recuerdo histórico del pasado sin prestigio en el presente.

Mojácar, 4 de julio 2012


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Haraganeando de 9 a 5: diario de un temporal reacio

  
libcom.org

Memorias de un trabajador por agencia de los muchos años que trabajó en empleos temporales en Londres, intentando ayudar a sus compañeros de trabajo y realizar el menor trabajo posible.

Introducción
 
Desde los ’80 ha habido un decidido ataque a los salarios y condiciones de trabajo por parte de los empleadores y el gobierno. Después de la derrota de la huelga de los mineros, y más tarde de las de grupos de trabajadores como los de imprenta y los portuarios, dichos ataques han resultado muy exitosos.

Mis amigos y yo somos parte de probablemente la primera generación que es menos pudiente que nuestros padres. El nivel descendiente de salarios reales se hace particularmente patente al ver los precios de las viviendas. Los precios promedio de las casas solían ser de alrededor de 2.5 veces el salario anual promedio1; hoy, son de alrededor de 7.5 veces el salario promedio2. Eso sin mencionar el hecho de que más del 50% de las personas ganan menos del miserable salario promedio.

Gran de parte de este asalto ha sido la casualización: destruir el trabajo estable y reemplazarlo por trabajadores eventuales por agencia con bajos salarios y sin derechos laborales. Esto es genial para los empleadores, quienes pueden contratar y echar trabajadores a voluntad, y mantener los salarios bajos por medio de un sencillo reemplazo de todo aquel que pida más o cause problemas. Pero constituye una tragedia para nosotros los trabajadores, que somos dejados permanentemente vulnerables, precarios, teniendo que preocuparnos constantemente por nuestro próximo trabajo y por nuestro próximo sueldo, por si seremos o no capaces de pagar el alquiler (obtener un crédito hipotecario o comprar algún sitio ni siquiera entran en la ecuación).

La salud y la seguridad se ven afectadas también, en tanto los trabajadores no podemos hablar de las inseguras condiciones pues podemos ser sustituidos al instante. Esto ha tenido trágicas consecuencias, como el asesinato de Simon Jones, un trabajador por agencia de Brighton que murió decapitado en su primer día de trabajo en el puerto3.

Con el trabajo por agencia el empleado es doblemente jodido, pues tienes dos patronales extrayendo ganancias de sí. En uno de mis trabajos, me detuve a ver mi factura de agencia: mientras yo recibía £7 por hora, ellos cobraban £15.

Y encima de todo, la mayoría del trabajo que realmente se hace –y ciertamente la gran mayoría del trabajo que he hecho jamás –es completamente inútil socialmente. Es decir, que en una economía racionalmente organizada no tendría que ser hecho. La sola locura del lucro significa que muchos de nosotros tengamos que desperdiciar nuestras vidas realizando estas monótonas y sinsentido tareas que no benefician a nada más que a los balances de cuenta de nuestros empleadores.

Así que, siendo este el caso, no tenía realmente mucho respeto por las agencias de empleos eventuales o por los empleadores que las contrataban. Así como me fui convirtiendo de forma natural en un holgazán, decidí que me resistiría a este estado de las cosas.

Donde me fue posible, intenté involucrarme en colectivos que se organizaban en el trabajo, para mejorar mi situación y la de mis compañeros de trabajo. Y donde esto no era factible, intentaba hacer el mínimo trabajo posible. Esto no era, sin embargo, un mero acto egoísta. Aunque muy difamado, el trabajador flojo provee de hecho un gran servicio a la sociedad en su conjunto y a su compañero trabajador.

Déjenme explicarme: trabajo lento significa que más trabajadores serán necesarios. Más trabajadores significa menos desempleo. Menos desempleo significa mayor demanda de trabajo. Mayor demanda de trabajo significa mayores salarios4. Así que si todos los trabajadores fueran tan flojos como yo, ¡todos estaríamos mucho mejor!

Debería señalar en este punto que, aunque me aseguré siempre de no defraudar a mis colegas, nunca me preocupé de hacer un esfuerzo adicional para ayudarles. Lo que intenté hacer en donde pude fue alentar a todos a resistirse a trabajar y disminuir juntos nuestra cantidad de trabajo (en oposición a hacer más pesado el trabajo de otros para cubrir a un solo holgazán).

Escribo este relato de mis experiencias con la esperanza de que pueda darle a otros ideas acerca de formas de resistirse colectiva o individualmente a la imposición de trabajo, o aportar mi granito de arena a socavar generalizadamente la ética del trabajo y, espero, ayudar a promover un poco más la solidaridad obrera. Espero también que más personas puedan inspirarse a escribir sus relatos de resistencia al trabajo: ¡solo haz click en ‘Submit content’ más arriba!

Servicio público
 
En el año 2000 egresé de la escuela, sin tener ninguna experiencia laboral más allá de repartir periódicos, pero sabía cómo usar una computadora, así que pensé en buscar trabajo en una oficina. 

Sin haber visto mucho en forma de trabajos estables, me registré en un par de agencias de trabajos temporales y muy pronto se me ofreció un trabajo en un departamento de inmigración en el Ministerio del Interior como archivista por £6 la hora.

Al ir el primer día me di cuenta de que no iba a vivir la vida de un funcionario público promedio. El trabajo era en un sucio garaje en el subsuelo, con stickers a lo largo de las paredes y el techo que decían “precaución: no tocar: asbesto”. En el garaje había estantes, muchos de ellos llenos de archivos. Resultaba que los albañiles habían movido todos los archivos de un antiguo complejo a este nuevo almacén. Sin embargo, cuando los transportaron algunos de los archivos fueron retirados pues seguían vigentes y se necesitaba usarlos. Los albañiles habían metido los archivos en los estantes lo más apretado que les fue posible, así que cuando los trabajadores intentaran devolver los archivos que habían sacado a los nuevos estantes, ninguno de ellos entraría.

Fui contratado junto a otros tres trabajadores eventuales (un trabajador de correos que había sido despedido, un estudiante y un australiano), y nuestro trabajo era sacar los miles de archivos de los estantes y re apilarlos, dejando un poco de espacio en cada repisa. Hasta ese momento, era la cosa más ridícula que había tenido que hacer jamás.

Después de empezar, e inicialmente trabajando muy duro, me di cuenta de que los otros trabajadores se lo tomaban muy a la ligera. Al darme cuenta de que no tenía sentido trabajar más duro que el resto, me relajé también. El ambiente de trabajo que teníamos era una mierda, la paga era terrible, y el trabajo era real y absolutamente aburrido, así que realmente no había razones para matarte trabajando. Y una cosa clave era que mientras más lento trabajáramos, por más tiempo tendríamos porqué trabajar, así que finalmente recibiríamos más dinero.

Por suerte, el subsuelo era a tal punto un basurero que el jefe rara vez venía a chequear nuestro trabajo. Uno o dos trabajadores de planta bajaban a ver cómo progresábamos una o dos veces a la semana, generalmente por la mitad del día.

Así que informalmente, sin haber jamás haber hablado realmente de ello, los trabajadores temporales comenzamos a llegar cada vez más tarde, a tomarnos descansos para almorzar cada vez más largos y a irnos cada vez más temprano. Sin mencionar que simplemente pasábamos el tiempo todo el día conversando, leyendo periódicos, fumando, empujándonos entre nosotros en los carritos de archivos y generalmente simplemente pasando un buen rato, mientras seguíamos por supuesto rellenando nuestra planilla de asistencia por jornadas completas de trabajo.

Podíamos también leer algunas de las documentaciones. Eran en su mayoría historias muy tristes de personas que buscaban asilo político que habían sido brutalmente perseguidas en sus países de origen, algunas violadas o con sus familiares asesinados, pero cuyas solicitudes habían sido rechazadas simplemente porque no habían presentado los formularios a tiempo. Al hablar con otras personas allí, me di cuenta de que muchos de estos solicitantes no estaban advertidos de las fechas límite, y no tenían acceso a traductores que podrían haberlos ayudado a completar las solicitudes. Un par de otros trabajadores temporales tenían una opinión más bien negativa de quienes pedían asilo político, bajo la idea de que muchos de ellos eran “farsantes”, hasta que trabajaban aquí, en donde la brutalidad del sistema de asilo político era explícita.

Muy pronto nos introducimos en un agradable ritmo de trabajar lento y perder mucho el tiempo. Terminamos trabajando allí por cerca de tres meses, con un par de cambios de personal, ¡cuando si nos hubiéramos puesto a hacer las cosas a todo ritmo probablemente nos hubiera tomado alrededor de dos semanas!

Tuve un par de otras tareas de corto aliento en otros varios lugares; no las recuerdo todas. De alguna forma el trabajo eventual le venía bien a mi estilo de vida de ese momento: no estaba tan interesado en trabajar, no gastaba demasiado dinero (vivía en una casa ocupada) y así ahorraría durante los trabajos para después tomar vacaciones –en las que a menudo iba a grandes manifestaciones internacionales anticapitalistas en el extranjero como Gotemburgo y Génova, entre otras.

Asistente administrativo
 
Luego de volver de las protestas en contra del G8 en Génova, conseguí un trabajo de asistente administrativo en una filmoteca. El trabajo estaba bien, tenía que ingresar o sacar películas de una base de datos y tratar las preguntas de los clientes a través del teléfono y correo electrónico. Podía también revisar películas en las que estuviera personalmente interesado, verlas y luego devolverlas sin ingresarlas al sistema.

Podía hacer el trabajo bastante rápido y luego entretenerme en internet, chatear con compañeros y tomar una cantidad excesiva de descansos para fumar.

Luego de un par de meses trabajando allí, el personal de planta (en su gran parte mujeres) comenzó una campaña de medidas de presión: una huelga de media jornada una vez por semana, por mayores derechos de maternidad. La gente no habló mucho de esto en las vísperas de las acciones, y mi supervisora me dijo que fuera a trabajar como cualquier día, a pesar de que ella era miembro del sindicato y planeaba apoyar la huelga. Le dije que no cruzaría el piquete, pero miembros del sindicato me dijeron que debería entrar a trabajar.

No lo hice. En lugar de eso me uní a la manifestación de las trabajadoras fuera de la oficina y fui a trabajar por la tarde. Luego de ello aparentemente uno de los jefes de mi equipo dijo que deberían reemplazarme, pero mi supervisora y algunos otros miembros del equipo fueron a su oficina a decirle que debería quedarme. Así, un día me notificaron que en una semana terminaba allí, pero luego me dijeron fue que podía quedarme. De cualquier modo, mi trabajo allí terminó un par de semanas más tarde. No sé si pasó más rápido por haberme unido a la huelga o no; realmente no había forma de saberlo.

Ingreso de datos
 
Mi siguiente empleo de larga duración fue como empleado de ingreso de datos en una organización benéfica. Mi trabajo consistía en actualizar la base de datos de direcciones de los colaboradores. Era ridículamente aburrido: estaba siete u ocho horas sentado frente a una computadora, marcando casillas y escribiendo direcciones y códigos postales. La única entretención que podía obtener de ello era encontrar algún nombre divertido, como Doug Witherspoon5 y Dr. Doctor (¡en serio!).

Encima, antes yo tenía una buena opinión de esta organización. Pero después de trabajar poco allí esto cambió completamente. Como muchas organizaciones sin fines de lucro de hoy, comenzó como una campaña de caridad, pero más recientemente actúa simplemente como una privatización barata para el gobierno. ¡Se puede hacer más dinero compitiendo por contratos del gobierno, recortando sueldos y condiciones de los trabajadores del sector público que ayudando a la gente! Aparte de eso, gran parte de su actividad ha sido destinada a hacer más dinero, pagar más publicidad, contratar más recaudadores de fondos, hacer más envíos masivos de cartas y hacer todavía más dinero.

No solo eso, sino que gracias a su condición de beneficencia, a los trabajadores siempre se les puede decir “Trabaja más duro, trabaja más tiempo, etc… es para ayudar a los pobres”. De más está decir que los gerentes y ejecutivos de la organización estaban lejos de ser pobres; el mismo director ejecutivo era un personaje particularmente falso, que caía todos los días en su Mercedes y que se esnifaba gran parte de su altísimo salario.

Fue haciendo este trabajo que desarrollé la Enfermedad del Linotipista6 que desafortunadamente se ha mantenido en mi desde entonces. Informé a mi jefe que estaba sintiendo mucho dolor al ingresar datos, pero no me ofreció más ayuda que enviar a alguien a que revisara que mi asiento estuviera a la altura correcta.

Así, comencé a hallar formas de holgazanear nuevamente. Era particularmente difícil, pues los datos entrantes eran incesantes –y la mayor parte de ellos eran bastante inútiles. Pero comencé a trabajar lo más lento posible, y me di cuenta de que podía ahorrarme tiempo por medio de simplemente no ingresar datos de algunos de los documentos y ponerlos directamente en la papelera. Con este tiempo libre pude entonces hacer otras cosas que disfrutaba, como navegar por internet, hacer llamadas internacionales (¡fui de hecho atrapado haciendo esto y tuve que pagarles £80 mías, pues no me había dado cuenta de que monitoreaban las llamadas!), tener descansos para fumar más largos, conversar con colegas, etc… Luego de un tiempo comencé a salir con una linda chica del departamento de relaciones públicas, así que podíamos coquetear por el e-mail de la oficina, luego coger en la oficina de cartas y volver a nuestros escritorios.

En ese tiempo estaba participando (por desgracia) en la Anarchist Youth Network [Red de Juventudes Anarquistas]. Así que ocasionalmente me quedaba hasta tarde en la oficina, me ganaba puntos por ser un trabajador tan esforzado, e imprimía cantidades de literatura subversiva cuando todos se habían ido. En todo el tiempo que trabajé allí debo haber impreso y fotocopiado miles de volantes y stickers, y cientos de panfletos que luego distribuíamos gratuitamente.

Organización de eventos 
 
A pesar de la mierda que eran el trabajo y el lugar, me quedé allí por un par de años y luego conseguí un trabajo diferente en la misma organización benéfica, en la filial que quedaba un poco más allá en la misma calle (Mi vida en ese momento era bastante estable; me había cansado de la inestabilidad de ocupar casas, así que estaba pagando un alquiler y necesitaba algo parecido a un empleo a tiempo completo). Este consistía en administración más general, y gran parte de él era hacer paquetes de información para eventos, que eran muchos. Era un poco más variado y un poco mejor pagado que el de ingreso de datos, y también un poco menos embrutecedor. Tomé el empleo de un trabajador permanente que lo hacía cinco veces a la semana y se había marchado.

Luego de hacer el trabajo por un par de semanas de la forma que me había enseñado el trabajador de planta, comencé a intentar formas de hacerlo más rápido. Me di cuenta de que podía ahorrarme una gran cantidad de tiempo al unir grupos completos de paquetes de información que luego podía copiar todos juntos, en lugar de copiar cada una de sub-secciones y las fichas técnicas por separado y compilarlas después. Básicamente esto significaba que en lugar de estar parado horas frente a la fotocopiadora introduciendo papeles como lo hacía mi predecesor, solo ponía todo de una vez y apretaba “Comenzar”. 

Así, con todo el tiempo extra podía ir a sentarme tras la sala de copias un par de horas y relajarme, leer libros o revistas, o poner música. Incluso instalé un banquillo, un estante y algunas pilas de papeles convenientemente ubicadas de forma tal que pudiera esconderme entre ellas y tomar una siesta sin ser visto desde la ventana. Tenía un par de paquetes de información sobre mi regazo por si el sonido de alguien entrando me despertaba y tenía que aparentar estar trabajando.

También, usando la excusa de hacer estos paquetes de información, imprimí miles de volantes anarquistas, panfletos y boletines. Me ofrecí también para asistir a reuniones en la oficina principal que quedaba al otro lado de la calle, de forma que podía echarme un polvo con la chica de allí antes de volver.

Así es que aquí tenía un trato bastante bueno. Sin embargo, cometí un grave error. Había estado intentando conseguir un trabajo permanente en ese lugar sin suerte (un trabajo de recepcionista había sido anunciado en su página solo por una semana y había recibido 500 solicitudes), así que me esmeré en parecer un buen trabajador. Así que pensé que mostrarle a mi jefe lo inteligente que era por medio de hacer los sistemas administrativos mucho más eficiente me sumaría puntos.

Desafortunadamente, todo lo que hice fue hacer que revisara mi trabajo, viera lo mucho que podía hacer en poco tiempo y recortara mis horas de cinco días por semana a dos y medio. Pelotudo.

Este es un error que no volveré a cometer de nuevo; y es algo que siempre enfatizo a cualquier persona que comience a trabajar. Si se te ocurre alguna innovación que hará tu trabajo más rápido, guárdatela. Usa el tiempo extra para hacer cosas que quieras hacer.

A pesar de esto, me quedé trabajando allí por otro par de años y conseguí otros trabajos de medio tiempo para poder hacerme el dinero.

Me uní al sindicato de ese lugar y asistí a las reuniones mensuales. Intenté hacer que un par de personas se sumaran, pero no era un núcleo particularmente activo y no hacía mucho realmente, así que no fui capaz de involucrarme tanto. Pronto dejé de esforzarme mucho por hacer que gente se afiliara al sindicato, pues a falta de una organización colectiva real, figurar como miembro en el papel no tenía sentido alguno. Cuando por primera vez fui a buscar a la representante, la primera cosa que me dijo fue que ellos “no eran alborotadores”. Y eso fue bastante cierto. El principal tema que fue discutido en extenso en las reuniones fue la demanda de pago anual, tras las cuales terminábamos pidiendo a la administración cierta cifra (generalmente alrededor del 5%), basada en el incremento del costo de vida; entonces, luego de un par de meses de insistir se acordaría en 2.5% o 3% (no recuerdo ahora cuánto era exactamente). Apenas sí existió a lo largo de este proceso comunicación entre los trabajadores en conjunto y los delegados del sindicato.

A pesar de que había poca organización, en mi equipo intentamos hacer que las cosas funcionaran de forma un poco más agradable para todos. Nos cubríamos entre nosotros si alguno se iba, sacábamos para todos un poco de los biscochos y los refrescos reservados para las visitas, etc. Yo era fumador en ese tiempo, y aquellos que fumábamos solíamos tomar (a veces muchos) descansos regulares juntos. En uno de esos descansos comenté lo injusto que pensaba que era que tuviéramos derecho a tomar descansos cuando quisiéramos y los no-fumadores no. Así que decidimos simplemente decirle a los no fumadores y a los nuevos que tenían derecho a descansos de “aire fresco” de 5 a 10 minutos o algo así cuando quisieran. Al momento en que los jefes se enteraron de esto, ya era una práctica establecida. Y la gestión en lugares como organizaciones benéficas depende de la buena voluntad del personal, que muy a menudo es reacio a generar conflictos. Quitar lo que ahora era un “derecho” establecido podría haber provocado un conflicto, así que simplemente dejaron que continuara existiendo como tal.

A veces conseguía algún extraño trabajo que hacer en horas extra. Uno de estos era el ingresas datos demográficos de los asistentes a nuestros eventos. Este era un trabajo enorme, pues los datos no habían sido ingresados por edades, así que había alrededor 20,000 para ingresar. Mi jefe, entonces, me pidió que ingresara cinco y que le dijera cuánto me había tomado. Así que ingresé cinco tan lento como pude. Usó este número para estimar que me demoraría tres semanas en hacer todo el trabajo.

Pensé que este sería un ejercicio realmente fútil, porque los datos no nos decían nada útil –los asistentes a nuestros eventos no venían a nosotros directamente, sino que eran enviados por algún organismo del sector público. Así, la composición demográfica de nuestros asistentes sería la composición del personal de dichos organismos. No es como que tuviéramos una minoría étnica desproporcionadamente pequeña o discapacitados como asistentes, en cuyo caso podríamos haber tomado algún tipo de acción para dirigirnos a ellos. El gerente simplemente pensó que deberíamos anotar eso en una hoja de cálculo. ¡Y eso era un trabajo! Así que no le dije nada.

Lo que hice, sin embargo, fue tomar muestra de alrededor de 200 archivos al azar del total. Los ingresé, lo que me tomó un par de horas. Luego, para el resto de los 19,800, copié y pegué los primeros 200 que hice y luego lo revisé y mezclé un poco. Usé las siguientes tres semanas perdiendo el tiempo en internet, mucho del cual fue en enrager.net (el nombre original de libcom.org). Me sentí muy satisfecho conmigo mismo por esto.

El último trabajo permanente que tuve fue el que estuve haciendo el último año y medio. Mi jefe (el pelotudo nombrado más arriba), que se sentaba dos escritorios más allá del mío, me dijo después de la entrevista que dentro de la próxima semana sabría si me había ido bien o no. Seis semanas después, me di cuenta de que no había estado cuando la mujer a quien le había ido bien en la entrevista vino a la oficina y comenzó a trabajar. El gerente era un bastardo flojo que siempre se iría de la oficina alrededor de las 3.30 p.m. excusándose por tener que atender una “reunión”. Una tarde libre que tuve lo vi en las tiendas en Oxford Street después de haber dicho eso, y en un par de ocasiones más gente había llamado alegando que no había aparecido en reuniones a las que supuestamente había ido al retirarse de la oficina.

Después de que me fui, la gerencia bajó los salarios de los trabajadores, dejando irónicamente a mucho de ellos en la pobreza, aunque no sin antes darse a sí mismos importantes aumentos de sueldo, por supuesto.

Me prometí nunca más trabajar en una organización benéfica de nuevo si puedo evitarlo.

Anarchivista
 
Luego de que me recortaran mis horas en la organización benéfica, hice un par de trabajos por cortos periodos de tiempo, en lugares como la NSPCC [Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños], South West Trains, en la sede de la Oficina de Asesoría Ciudadana7

Uno de mis compañeros de casa estaba trabajando a medio tiempo en el archivo de una biblioteca universitaria, trabajo que decía disfrutar; estaba por abandonar el país, así que me sugirió que postulara a su puesto cuando se publicara el aviso. Así que lo hice, y conseguí el empleo.

Consistía en trabajar en turnos de tarde y el fin de semana con contratos eventuales por hora, así que técnicamente no era trabajo por agencia, pero sí era igual de inseguro. El salario por hora, sin embargo, estaba bien y me gustaban mucho mis compañeros. Todos los eventuales éramos de edades similares; la mayoría del resto eran estudiantes universitarios también.

El personal permanente trabajaría de 9 a 5, de Lunes a Viernes, así que teníamos que cubrir las tardes de los días de semana y los fines de semana hasta las 9 pm. De cierta forma esto era molesto, pues cortaba tu vida, significando que te perderías los compromisos sociales de la tarde, y que no serías capaz de salir hasta tarde los viernes por la noche. Pero de otra forma era genial, pues solo teníamos una hora superpuesta en la semana con el personal permanente –y con nuestros jefes.

Teníamos una encargada que era una simpática y callada mujer de mediana edad, y su jefe era el jefe de equipo, que no era simpático en lo absoluto. Menos mal, la mayoría de nuestros tratos eran con la encargada, que era además la que nos asignaba el trabajo.

Básicamente teníamos dos tareas principales: catalogar las nuevas colecciones (pasar por cajas de libros y papales, ingresando los títulos y las ubicaciones físicas de cada uno de ellos en una base de datos y escribiendo un número de referencia en el reverso del documento) y copiar grupos de documentos para investigadores.

La última tarea que tenía que ser realizada en un horario bastante apretado, pues la biblioteca garantizaba el trabajo en un periodo de tiempo específico. El primer trabajo era, al contrario, algo continuo. También requería un poco de trabajo pesado.

Por fortuna, normalmente no había muchas copias que hacer. Este trabajo lo compartíamos entre los trabajadores eventuales. Podíamos tomarlo en turnos para hacer más o menos la misma cantidad de trabajo y dejar una nota para la próxima persona informando en qué parte íbamos. Este trabajo era también un poco cargado, pero como éramos los únicos que estábamos por allí, teníamos mucha libertad de acción. Hacer que la gente pagara no nos beneficiaba a nosotros ni en lo más mínimo. De hecho, nos daba trabajo extra pues teníamos que hacer un recibo e ingresarlo en una hoja de cálculo. Así que solíamos dar muchas cosas gratis –particularmente a individuos, que no iban precisamente a cobrarles el costo a sus empleadores.

Cuando comencé, no quería faltarle el respeto a nadie, así que con lo de catalogar, observé el ritmo de trabajo de los otros y trabajé a ese ritmo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no solo el trabajo no era muy monitoreado por los jefes, sino que al terminar nosotros trabajo, creábamos uno nuevo para nuestro encargado, que tenía entonces que resolver este nuevo trabajo por hacer.

Darme cuenta de esto fue una verdadera epifanía. Ya el ritmo de nuestro trabajo era bastante vergonzoso, pero comenzó a descender casi hasta detenerse.

En la oficina había dos de nosotros trabajando a la vez, así que en la semana podíamos tomar turnos para irnos una hora más temprano, y los sábados podíamos arreglar para que uno de nosotros llegara una hora tarde y el otro se fuera una hora más temprano (casi siempre dependiendo de quién iba a salir la noche anterior) y tomar descansos de almuerzo de dos horas uno después del otro.

Podíamos también usar el tiempo para hacer nuestras cosas. Los estudiantes harían su trabajo, yo leería libros, revistas y cosas del archivo, y subiría artículos a libcom. Pedí un respaldo ergonómico, el cual usaba como almohada para tomar la siesta bajo mi escritorio durante los fines de semana. Luego comencé a traer DVDs para ver en la computadora. A pesar de esto, teníamos las copias hechas a tiempo y hacíamos avanzar muy lento el proceso de catalogación, ¡y recibíamos felicitaciones de nuestra encargada por nuestro rápido trabajo!

Una vez prolongué un trabajo de catalogación literalmente por dos meses cuando en realidad me tomó cerca de una hora hacerlo.

Luego de un tiempo, decidí unirme al sindicato de la Universidad, UNISON. Hablé con el delegado acerca de nuestro estatus como personal contratado por hora y si había algo que pudiéramos hacer para que se nos contratara como trabajadores permanentes part-time. Esto significaría que tendríamos derecho a subsidio por enfermedad, pago de días festivos y prestación de jubilación, cosas a las que no teníamos acceso en tanto trabajadores eventuales. No recibí ninguna respuesta.

Así que como grupo acercamos esto a nuestra encargada y a nuestro jefe de equipo, y nada cambió. Entonces fuimos a Recursos Humanos. Aparentemente éramos una anomalía en la universidad y en ese sentido nos dijeron que de hecho deberíamos ser todos trabajadores regularizados.

Se nos dio un contrato a plazo fijo (de alrededor de un año, creo), pero el Señor da con una mano y quita con la otra: la universidad nos redujo el salario por hora, y además el pago por días festivos sería idéntico a nuestro anterior pago por hora.

Esto significaba que para obtener cualquier beneficio teníamos que presentar una licencia médica –cosa que, de hecho, hacíamos. Sin embargo, no presentarse por enfermedad daba más trabajo a la otra persona con la que nos tocara trabajar, lo que causó cierta tensión al principio cuando una persona presentaba muchas veces licencia médica. Pero le dije a la persona que se comenzaba a molestar que debería simplemente presentar licencia médica la misma cantidad de veces. Y lo hizo, tomándose una semana libre.

Resultó ser muy práctico también cuando me lesioné moviendo cajas muy pesadas (sin tener ninguna capacitación en manutención) y tuve que ser operado y tener varias semanas libres. Desafortunadamente, nuestros trabajos temporales de media jornada no pagaban esto, así que fueron tiempos duros financieramente. Intenté luchar tomando acciones legales en contra de la universidad, pero el sindicato no me respaldaría por no ser miembro el tiempo suficiente antes de que esto sucediera, y al final me sería muy difícil probar quién era el culpable, además de que el potencial pago que recibiría sería demasiado bajo como para molestarme en llevar adelante todo esto. 

En el trabajo la paga no era buena, y las horas tampoco, pero la camaradería y el haraganeo era genial, así que me quedé hasta que se me apareció la oportunidad de un trabajo eventual a tiempo completo en un municipio.

Municipalidad
 
Una chica con la que estaba saliendo trabajaba de vez en cuando como eventual en una municipalidad. Me sugirió que trabaja allí también, pues casi siempre había mucho trabajo que hacer. Así que me registré con una de las agencias con las que trataban y bastante pronto tuve una entrevista y un trabajo en un pequeño departamento de capacitación.

Rápidamente me di cuenta de que muchos de los sistemas eran bastante ineficientes: mucha información se repetía y un montón de tareas se hacían manualmente cuando podrían haberse hecho automáticamente. Así que me dediqué un par de semanas para poner a punto todo y hacerlo un poco más eficiente. Sin embargo, no repetí el error que había cometido en la organización de caridad de decirle al jefe acerca de ello. Mencioné un par de cosas y usé parte del tiempo extra para hacer muchos cambios superficiales del lugar de trabajo: ordenar el sistema de archivo, hacer etiquetas uniformes para todo, para que el espacio de la oficina se viera mejor.

Luego usé el tiempo que gané para flojear. Comencé a llegar tarde y el jefe era demasiado amable como para decir algo al respecto. Moví los escritorios para “ordenar”, pero también ubicándolos de forma tal que nadie pudiera ver mi pantalla, así podría navegar por internet e incluso ver películas en horas de trabajo.

Hablé con el delegado local de UNISON (un robot del Partido Socialista Obrero); le dije que era miembro de UNISON en otro trabajo part-time y le pedí si podía formar parte ayudando con cualquier trabajo de la organización, por ejemplo sobre trabajadores por agencia. Me dijo que bueno y que se acercaría luego, cosa que hizo muchísimo después, preguntándome si quería ayudar a repartir volantes de manifestaciones en contra de la guerra en una estación del metro. Le intenté hablar de nuevo para contarle de una idea que tenía para intentar igualar los sueldos de los trabajadores por agencia. Pero él simplemente volvió con más volantes para otro proyecto de frente del PSO, así que me di por vencido con él.

Por mi cuenta, me paseé por mi piso conversando con los otros tres trabajadores por agencia, que hacían el mismo nivel de trabajo que yo. Nos dimos cuenta de que todos teníamos diferentes salarios y decidimos pedir juntos que se nos asignara el salario del que ganaba más. En ese momento nos apoyamos todos y finalmente acordaron los dos jefes importantes.

Luego de estar allí unos meses, el gobierno anunció planes que atacaban las jubilaciones de los trabajadores del sector público, particularmente las de aquellos que trabajaban en las municipalidades. Había una indignación generalizada en contra de esto, lo que empujó a los sindicatos a organizar una votación colectiva para tomar acciones. Nueve sindicatos votaron juntos, creo.

Los miembros del sindicato más grande, UNISON, un sindicato que no era de ningún modo uno de línea dura, votaron en un 80% por huelga interrumpida, una cifra que se repitió de forma similar en los otros sindicatos. Conforme se acercaba el primer día de huelga, no oí nada acerca de ello sino hasta un par de días antes. El piso en el que estaba tenía un nivel muy bajo de sindicalización, pero la jefa era miembro de UNISON. Ella me hizo saber que pensaba que como era jefa no se le permitiría ir a huelga; le dije que, al contrario, ¡todos los miembros del sindicato deberían apoyar la huelga!

Así es que llegó el día de la huelga. Visité brevemente los piquetes para mostrar mi apoyo, pero no me pude quedar mucho por el riesgo a ser despedido. La huelga se vio bien a lo largo del país: miles de escuelas cerraron, la basura no fue recogida y los edificios de los municipios cerraron también. Mi jefa se quedó en casa, pero algunos otros trabajadores de mi piso fueron. Un par de eventuales fueron a trabajar también; les hablé sobre la huelga del día siguiente y uno o dos tuvieron una actitud como de que habían sido “rebeldes” por “desobedecer” al piquete.

Intenté decirles que los huelguistas no estaban en contra de ellos, sino que debíamos apoyar la lucha de los trabajadores permanentes para defender sus pensiones, incluso aunque no las tuviéramos, porque si las perdían pronto no quedarían trabajados permanentes decentes con buenas pensiones que pudiéramos tomar nosotros en el futuro.

La lucha en contra de los recortes de pensiones fue pronto hecha descarrilar por los sindicatos. Suspendieron las futuras acciones programadas por “negociar”, lo cual por supuesto fue infructuoso; pero en los meses que sucedieron, los trabajadores –que se habían armado de una confianza muy grande durante el primer día de acción –lentamente se fueron desmoralizando y desmovilizando. Los sindicatos ayudaron entonces a negociar paquetes de cortes ínfimamente ‘menos malos’, que luego recomendaron a sus afiliados. Y en lugar de mostrar estas ofertas como lo que verdaderamente son (recortes), UNISON las presentó como algo opuesto a los recortes iniciales, mostrando estos ataques a las condiciones de vida como mejoras que se habían ganado.
Estaba claro que no iba a haber más movilización, pues el 97% de los miembros de UNISON aceptaron este trato.

Esta fue una lección muy útil para mi, en tanto en esta etapa yo aún conservaba cierta ilusión en los sindicatos como herramientas que los trabajadores podrían usar para defender sus intereses –y no una barrera predominante a ser superada -, incluso en las luchas defensivas. Fue también un patrón que tristemente volvió a repetirse muchas veces: en las luchas del sector público por pagos en 2008 y significativamente en las huelgas de trabajadores de correos de 2007 y 2009.

Vivienda
 
Mientras trabaja en el municipio, pasé por otro trabajo temporal part-time. Era en una pequeña oficina de urbanización. El trabajo era completamente sin sentido: administración en general, completamente tediosa y burocrática. El trabajo no se relacionaba para nada con ayudar a arrendatarios. Hasta el día de hoy realmente no sabía lo que el grupo hacía. Algo tenía que ver con supuestamente intentar fomentar la “participación” y hacer “consultas”. Publicamos muchos folletos que mostraban a personas blancas y negras estrechando las manos.

Para empeorar las cosas, mis dos jefes eran unos estúpidos totales. Una me pidió que editara el PDF de un gráfico. Le expliqué que no podía simplemente editar el PDF, que necesitaría el archivo original y el programa con el que había sido creado. Le expliqué que la única forma de la que podía editarlo sería imprimirlo físicamente y editar pequeños pedazos de papel, recortándolos y pegándolos sobre el original para luego fotocopiarlo. Me dijo que entonces hiciera eso…

Cuando presenté el gráfico final, me arrastró a la oficina del otro jefe para putearme por no haber seguido sus instrucciones y editarlo de forma electrónica. Le intenté explicar que era físicamente imposible, pero éste jefe resultó ser más cretino que la primera.

Cuando estuve hospitalizado en el trabajo en la universidad, tuve que presentar una licencia en este trabajo. No recibí ni una tarjeta ni llamadas ni nada de mis jefes preguntándome cómo estaba. Entonces decidí mandar todo a la mierda. Luego de decidirlo, me di cuenta de que tener dos jefes tenía sus ventajas. Cuando uno pedía que hiciera algo, le decía que estaba haciendo demasiado trabajo para el otro, y que haría lo que me estaba pidiendo cuando pudiera. Con las tareas regulares que tenía que hacer, como revisar y archivar bandejas de papeles en archivadores, simplemente barajaba un par de los de arriba y lo dejaba. Era el único que revisaba los mensajes de la contestadora, así que comencé a borrar todos los mensajes sin escucharlos.

Luego me pasaba el día básicamente publicando historias nuevas en libcom, editando cosas para la sección de historia, escribiendo e-mails y llamando a gente. Si me quedaba solo en la oficina, entonces dormía una siesta en el escritorio.

Mi mayor logro fue que por cuatro semanas no hice absolutamente nada. Después, mis dos jefes básicamente se hablaron el uno al otro. Me di cuenta de que esto estaba pasando y luego uno de ellos me pidió que me reuniera con él al día siguiente. Inventé una cita con el doctor para evitar todo eso, y luego renuncié.

Mi otro trabajo en el departamento de capacitaciones pronto llegó a su fin cuando el departamento fue eliminado en una reestructuración. Pero por suerte poco después postulé a un trabajo permanente y, por primera vez, ¡lo conseguí! Así que, luego de siete años de trabajar temporalmente y a media jornada, tuve finalmente un trabajo adecuado con un pago regular, de modo que no tenía que preocuparme mucho por ser capaz de pagar el alquiler a final de mes. Por supuesto, sigue siendo una mierda, pero por lo menos no perderé mi casa si me enfermo por más de dos semanas.

Algunas conclusiones
 
El tiempo que estuve trabajando de forma eventual, muchas veces vi el tema que tanto se trata en los círculos de izquierda de cómo organizar a los trabajadores por agencia. Ahora, este es un tema importante, en tanto los trabajadores por agencia son una forma clave en la que los patrones están rompiendo la organización de los trabajadores y haciéndonos a todos más “flexibles” (desechables, con derechos escasos). Sin embargo, muchas de las sugerencias que siguen apareciendo están profundamente viciadas. Las principales dos en las que estoy pensando en este punto son construir un sindicato de trabajadores eventuales o construir una cooperativa de los mismos.

En el frente sindical, en primer lugar –y al contrario de lo que la gente cree –los sindicatos no son simplemente organizaciones de trabajadores para defender los intereses de los trabajadores, sino que de hecho son fundamentalmente grandes burocracias preocupadas por perpetuarse a sí mismas y a sus posiciones de influencia. Efectivamente su rol social es ayudar a negociar la venta de trabajo maleable al capital –y para hacer esto tienen que ser capaces de controlar a sus miembros. Esto está tratado más a fondo en nuestra sección sindical. En segundo lugar, aunque juntar a los trabajadores en sindicatos pudiera ayudarlos, los trabajadores por agencia están tan dispersos y divididos a lo largo de tantos sitios y empleadores que esto no sería muy práctico.

En tanto son contratados por agencia, los trabajadores temporales usualmente están mucho más afectados por los lugares de trabajo en los que están, los cuales los contratan. Y éstas son las organizaciones que en última instancia les pagan sus salarios también.

Con una cooperativa de trabajadores por agencia, las mismas presiones serían ejercidas en él por el mercado tal y como se ejercen en todo el resto de las agencias: la necesidad de recortar costos y dotarse de personal que trabaje lo más duro por el menor dinero. Los problemas de las cooperativas de trabajadores al interior de una economía capitalista se han desarrollado con mayor detalle en este debate.

Así que básicamente pienso que la única vía práctica para mejorar las condiciones de los trabajadores por agencia es la organización conjunta del personal permanente y del por agencia en cada lugar de trabajo. Los trabajadores con contratos permanentes pueden hacer mucho para ayudar y pueden intentar cuestionar el uso mismo que se le da a los trabajadores por agencia. Sin embargo, la gente debe ser cuidadosa de no culpar a los trabajadores por agencia por cualquier problema resultante del uso de personal de agencia: el problema es el trabajo por agencia, no los trabajadores.

Ahora que soy trabajador permanente, invitamos a trabajadores de agencia y a aquellos que no son miembros del sindicato a las reuniones del mismo. Todos compartimos los mismos problemas en donde trabajamos, y mientras más conversemos juntos y discutamos las cosas que nos afectan, más claramente se vuelve que estamos todos en el mismo bote. Intentamos hacer que los trabajadores por agencia nos respalden si decidimos tomar algún tipo de medida de presión, lo cual hemos hecho en las huelgas nacionales por sueldos, así como en boicots locales para reincorporar a un trabajador echado.
A cambio, ayudamos a intentar conseguir a los trabajadores por agencia empleo permanente y apoyarlos individualmente con cualquier problema que tengan con la patronal.

Estos son pasos muy pequeños, pero hemos tenido resultados y a lo largo del tiempo las culturas en los lugares de trabajo pueden ser cambiadas, y los trabajadores pueden llevarlas consigo cuando se van.

Espero que este texto haya contribuido de nuevo de una forma pequeña en el camino a alentar a los trabajadores a intentar abordar sus problemas colectivamente. Por favor, postea aquí si tienes alguna historia similar de evasión del trabajo o resistencia en lugares de trabajo.

Traducción por Valentín Trujillo
  • 1. http://www.york.ac.uk/inst/chp/hfrtable/up02040ab.PDF - esto solo muestra el salario anual de las personas que compran casas, el cual es mayor que el promedio real, pero sigue siendo una muestra del menor precio real de la vivienda.
  • 2. http://www.write-about-property.com/articles/uk-house-prices-could-fall-a-further-35-homes-still-not-affordable-441.php
  • 3. http://www.simonjones.org.uk/
  • 4. Ese es en realidad un resumen de mi poster político favorito, usado por el antiguo sindicato revolucionario Industrial Workers of the World en los ferrocarriles australianos a principios del siglo XX.
  • 5. N. del T.: ‘Witherspoon’ suena como ‘With a spoon’, es decir, ‘con una cuchara’
  • 6. N. del T.: también conocida como Lesión por Esfuerzo Repetitivo o RSI (por su sigla en inglés), la Enfermedad del Linotipista está asociada a actividades repetitivas que impiden que los músculos asociados a dichas actividades alcancen una relajación completa, interfiriendo en su metabolismo y provocando una acumulación de sustancias de desecho. Esto, en el corto plazo, ocasiona dolor y disminución de la capacidad del músculo. A largo plazo causa inflamación.
  • 7. N. del T.: La Citizens Advice Bureau es una organización de beneficencia sin vinculación al gobierno británico que consta de oficinas locales que dan información y prestan asesoría confidencial y gratuita sobre problemas legales, financieros, laborales y de protección al consumidor, entre otros. y algunos otros pocos más.